27 de abril de 2009

Cuento




Ah, a propósito de Sant Jordi, les debo un cuento.

Allá va. ¿Y van...?

LOCA

Me dijo qué has hecho, desgraciada, qué cojones has hecho. Tienes que ir al médico, ¿dónde está la policía? Antes tienes que ir al hospital. Pero yo estaba tan agotada que sólo quería tumbarme en el sillón, frente a la tele, para siempre.


Había estado pensando otra vez en el colegio, más bien en el regreso del colegio a casa, y no conseguía recordar absolutamente nada. Vagamente rescataba imágenes de las aulas y de las monjas, que no eran inventadas pero tampoco reales. Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Plástica y Pretecnología, Inglés, los vestuarios del gimnasio grande, sin duchas. La vuelta del despacho había sido lenta, por la lluvia. El taxi avanzaba por la avenida sin ni siquiera apretar el acelerador. Cada tantos minutos, unos poco metros. Daba igual, nadie esperaba en casa, no quedaba ningún hombre. Ni llamadas.

Las niñas hacían colecciones de cosas. De cromos, de tabas, de fotos, de gomas. Yo no recuerdo haber coleccionado nunca nada. Tampoco fantaseaba con futuras profesiones, casi ninguna lo hacía, sólo aquellas cuyo padre era muy evidentemente médico o arquitecto o político. Ésas sabían nombrar las profesiones y tenían una vaga mentira de vocación. Yo tenía la certeza de ser la mejor, la más brillante, mi madre lo decía y también las monjas. ¿Por qué no iba a creerlo? Un hombre bueno, como tu padre, y cabal, un buen trabajo y largos paseos por avenidas cálidas. Porque eres buena. Y yo era buena.

Las ciudades donde nunca llueve son un martirio. La lluvia lo detiene todo y estaba agotada. Ganándome la vida. Agotada de ganarme la vida. Tampoco sabía nombrar mi profesión. A esas alturas.

Tengo la sensación de que aquella tarde me costó días llegar a casa. Y todo el rato me dio por pensar en los no recuerdos que tenía del Sagrado Corazón. Y en la vuelta a casa, irrescatable. Yo tenía casa, una casa grande en el centro, mis padres eran guapos, todavía los son, y elegantes, y mis dos hermanos también, y los amigos de mis dos hermanos. Todos me adoraban, no solía acordarme, qué dulce, qué lista, ésta va para reina. Al llegar, a veces olía a magdalenas recién hechas y en el cuarto de estudiar, al aroma que desprende la madera del lápiz al sacarle punta. Todo eso lo sé y no lo recuerdo. Sólo lo sé. ¿Qué fue de todo eso? Las tatas oían la radio en el cuarto de la plancha, de una fragancia inmaculada. No pude recordar nada de todo esto en el interminable trayecto.

Luego sucedió lo que sucedió, lo sé porque me lo han contado. En mi cabeza, evidentemente estropeada, pequeña puta, las cosas son diferentes, ocurren de otra manera.

La asistenta me abrió la puerta de casa. A ella le pareció que yo llegaba temprano, porque acostumbraba a retrasar mi vuelta, un regreso sin llamadas telefónicas. Aquel día llegué, como siempre, envuelta en mis remiendos borrosos. Sí, la reina bebe, reina ha puesto el culo, más allá del umbral de la vergüenza, ante las vergas de cien mil bestias.


Me estaba desnudando, y justo en el momento en que la falda caía al suelo, oí un ruido suave, como el frotar de una tela sobre el parqué, pero no era el de mi ropa, venía de más allá de la puerta. La asistenta se había marchado hacía unos minutos y la lluvia seguía cayendo. Quería ducharme. Los recuerdos escolares dejan el ánimo flotante, no encontraba reposo, ni a mí me encontraba entre las compañeras. Que no me miren, pensaba luego, que no me las encuentre. Otro cambio de casa, de ciudad. En el colegio no había duchas y el recuerdo me llenó de tristeza y de asco. Pensé que me iba a llegar el olor a goma y sudor inocente de los colegios, espeso y agresivo, que estaba a punto de alcanzarme. Mi padre había dicho cómo te atreves, cómo has podido decir eso, pequeña mentirosa, y dijo borracha, dijo fulana. Y mi madre eras tan buena, hija, eras tan lista, ¿qué te está pasando? ¿Qué te hemos hecho para que te portes así?

Aquellas profesoras que nos infundían tanto respeto de repente eran todas solteronas castrenses, lesbianas célibes, tristes esposas mates a medio depilar. Las niñas inventan tantas cosas, no le hagan caso, la adolescencia es una etapa muy dura, con muchos trastornos hormonales. Confunden la realidad con la imaginación. Con el deseo, querían decir. Con el deseo, pensaban lúbricas.

Podía recordar el brillo graso de la piel de aquellas brujas a ambos lados de la nariz mientras iba hacia el baño. Entonces lo vi y me quedé paralizada en mitad del pasillo, todos los interruptores me quedaban lejos. La luz del cuarto del fondo estaba encendida y de ella salía el inconfundible sonido de las páginas del libro al pasar.

Primero, una gran pereza, ¿alguien vive como nosotros vivíamos entonces? ¿existe un mundo paralelo donde las tatas hacen magdalenas? ¿por qué no logro recordarlo? Luego, puro terror. El corazón puede salírsete del pecho por la boca, o por los oídos y dejarte sorda. Aquella niña hablaba, movía los labios, pero no me llegaba ningún sonido. Estaba parada en el quicio de la puerta, a contraluz, y no podía ver claramente sus facciones, tan familiares. Grité, todavía con un aire colegial en torno. Yo grité con todas mis fuerzas, hasta alejar el corazón de los oídos, y ella chilló más agudo, con sonido de infancia, y comenzó a llorar estruendosamente sin moverse de su situación. Las sacudidas del cuerpecito en llanto pueden con todos los miedos y después, su abrazo desamparado y el desespero.

¿Quién es esta criatura?, pensaba con aprensión. ¿De dónde ha salido esta niña y por qué me resulta tan familiar? A duras penas reconocía el pasillo. Ésta tiene que ser mi casa. Pero ¿qué casa? Acumulamos tantas residencias, decía sin soltarme, que bien podría estar en el pasado, o haber soñado todo lo que soy, todo lo que pasó, ser esta misma niña, tan buena, tan lista, una reina, soñar incluso que me abraza y llora y me llama mamá para que yo recuerde que sí que tuve una casa y entonces las cosas sucedían suavemente, tiesas de almidón y lavanda.

Luego, nada más.

Luego, aquel hombre, el último, arrodillado junto al pequeño cuerpo gritándome qué has hecho, desgraciada, qué cojones has hecho, y empeñado que yo fuera al médico.

7 comentarios:

primavero dijo...

Claro, a mi el chute de fallarina en vena del jueves pasado me había proporcionado un colocón de 72 horas (al llegar a casa había bombeado un poco más para aprovecharla toda), pero a estas horas ya andaba yo de bajón con los temblores y los escalofríos.

Ya le digo, de un lado para otro, rascándome y tiritando, reprimiendo las náuseas y las ganas de llorar, cuando aparece usted como un ángel -¡que digo un ángel, cómo la mismísima María Auxiliadora!- y desliza esto por la rendija de la puerta.

Gracias por salvarme una vez más, señora Fallarás.

Y ahora, si me disculpa, voy a acostarme con los ojos entrecerrados a regocijarme en el hilillo de baba que se me escapa por la comisura de los labios.

Salud.

HART dijo...

Hola Cristina,

he tenido el placer de conocerte este sábado 25/04/09 en VISOR'09. Sí, fuí uno de los que seguro te dijeron al final del evento que comprarían tus novelas. (digo esto por que no sé si fuí el único o no). Bueno, te garantizo que compraré tu última novela y la leeré (que esto es importante también) y ya te comentaré, pero te avanzo que pinta muy bien para mí. No sé si leerás este mensaje, de todas maneras, te dejo mi correo electrónico : megaacm@hotmail.com

Un saludo y hasta pronto,

Arturo.

(pd: espero enterarme antes de alguna otra presentación que hagas para ir a verte y así me firmas el libro !!!! ;) ).

Janton dijo...

La Legión Fallarista crece, por lo que veo, a pasos agigantados. Claro que escribiendo como Ud. escribe, no me extraña. Hay textos suyos que diseccionan la realidad, por incómoda que ésta sea, con agudeza de bisturí láser. Otros que destapan vergüenzas que suelen exponerse a los rayos solares. Y algún otro, como éste, que remueve cosas por dentro de uno.

Se lo digo completamente en serio, más de una vez acabo la lectura de algún artículo, columna o texto suyos, y quedo anonadado de ver cómo con palabras construye Ud. emociones, cómo línea tras línea, y también entre ellas, va hilando sentimientos hasta hacer alcanzar a sus lectores un estado de ánimo determinado. Tiene Ud. no solo el don de la palabra, sino el de la emoción.

La suerte que hemos tenido, como decía el sinpar Primavero en un comentario a un artículo anterior, de ser sus coetáneos...

Óscar García dijo...

¡Esa piel grasa en las aletas de la nariz! La escritura le sale a borbotones.

terry dijo...

La transición pasó por nuestras vidas adolescentes, los internados formaban la parte ósea de un sistema, que a la larga manifestamos todos las/os sufridos en artritis reumatoide.

Recuerdo en mi tierra andaluza, decir a un cura, a un señorito: -No, si follar no es malo, pero sin armar escandalo (hacer muchos hijos a las aldeanas, vas ha llamar la atención) todo con risa burlona. Luego, la autoridad que ponía este mismo cura, a inocentes alumnos, hijos de obreros, como la noche al día.

Cristina, de todas formas, leerte por aquí de gratis, es todo un lujo, vamos, como recibir regalos en cumpleaños.

Saludos.

RaúlF dijo...

Como dice primavero, después de hablar contigo en Sant Jordi, todos necesitabamos un chute de fallarás.

Y aquí lo tenemos.

Gracias y hasta la próxima entrada de blog, cuando tengamos baja concentración en sangre.

Siempre guardo imágenes muy muy concretas de tus cuentos, mientras los leo se crean y fijan imágenes en mente, no me pasa con cualquier escritor.

HART, totalmente recomendable "así murió el poeta guadalupe".

Saludos

Anónimo dijo...

Se regresa a la infancia o al adolescer -tierra de nadie que los adultos se creen con derecho a ocupar- en sueños atroces o en bellos relatos.
Para leer sin barbijos y que la fiebre crezca desde los huesos.
G.