
El tipo me mira y dice: somos buenos. No lo dice con petulancia. Dice: aquí estamos sentados algunos de los mejores periodistas de este país.
Puede que sí, pienso. Algunos. Desde luego, por experiencia y por formación.
Todos están en paro. Les han despedido, a todos, en los últimos siete meses. Ahora se preguntan (perplejos) si tal acumulación de talento puede unirse y dar algún fruto. Imagino que algún fruto susceptible de ser impreso y vendido.
Creo que no, y se lo digo.
Creo que la única fórmula periodística que a estas alturas puede tener (un cierto) éxito está en internet. Económicamente, y en consumo. Y se lo digo.
Cabecean. Pierden confianza en mis palabras a zancadas. La palabra online, la palabra web, la palabra digital. Cada una de esas palabras le pega un mordisco a su (posible) confianza en mi opinión.
Pienso: qué desperdicio. Y no se lo digo.
6 comentarios:
¡Qué triste! Se les derrumba su mundo, y ni siquiera lo han visto venir.
Es el fin de algo. No sabría decir de qué. ¿Un modelo de negocio? El humanismo?, Occidente entero?..
Pero seguro que es el fin de algo.
Lo malo es que no creo que sea el comienzo de nada.
ya han reflexionado sobre como ha pasado que precisamente los mejores sean los que no estan trabajando?
paciencia cristina y aun asi participe usted en la idea sea cual sea.
No creo que el futuro esté on line. No todo, al menos. Lo que jode, para variar, es que mientras las empresas hacen sus cuentas y arrojan sus bolsas humanas de arena para aliviar peso, los trabajadores estén rumiando frustración sin un proyecto de resistencia firme. No es fácil, pero resignarse lleva a la autoinmolación.
K.K.
Siempre palman los mismos...
saludos
EL MUNDO. 16-5-2009
Cristina Fallarás explora la locura social y política del tardofranquismo | El 'glamour' y la tortura se mezclan en la novela 'Así murió el poeta Guadalupe'
La periodista y escritora Cristina Fallarás, ayer en un restaurante barcelonés. / CHRISTIAN MAURY
Fallarás
Barcelona Jovencita que se siente bicho raro busca lugar aséptico donde la realidad sea paralela y donde nadie se atreva a tocar su silla de ver la tele. Corren los años 70, el franquismo agoniza y sus ex amigos ricos, los que habían convertido su vida en un cóctel sin fin, vuelan de vuelta a Sudamérica. «Y ella está tan enfadada que sólo quiere que la encierren», dice Cristina Fallarás, autora de Así murió el poeta Guadalupe (Alianza), la historia de esa jovencita que se vio de repente desterrada a un mundo en el que nunca encajó -demasiados prejuicios- y en el que, sin embargo, existía y escupía profesionales sin escrúpulos, una Escuela de Torturas. «Lo que ocurre no es real pero es probable», dice Fallarás, que escucha, como el lector, en la novela, la voz de esta peculiar outsider que se hizo recluir en un psiquiátrico tras vislumbrar el fin de la fiesta infinita en que el empresario de dudosa moral Max Santabárbara había convertido su existencia. «La suya y la de todos los poetas, cineastas y gente de la cultura en general que se dejó llevar por Max y los suyos, sudamericanos que vieron en el fin del franquismo una manera de hacer dinero y que llegaron con sus promesas y sus fiestas y su nueva visión de la cultura y acabaron conquistando a buena parte de creadores expertos en mirar hacia otro lado», explica la periodista. «Como el resto de la sociedad, que es experta en mirar hacia otro lado cuando algo no le gusta», dice Fallarás. Y eso incluye la tortura. «La tortura no sería posible sin la complicidad de la sociedad», sentencia. La tortura es uno de los objetos a analizar de la novela, que explora el sentido de la identidad a través de la historia de la protagonista. «No somos lo que creemos ser sino lo que los otros creen que somos. La mirada del otro nos convierte en otra persona. La protagonista lo sabe y no quiere volver a ser la persona que era antes de salir con el embajador y moverse en el entorno de Santabárbara, por eso decide encerrarse y convertirse en espectadora de la realidad», explica la escritora. Cuando arranca la novela, la protagonista ronda los 60 y ha pasado más de media vida encerrada. Pero cree saber todo lo que necesita sobre el mundo porque ve la televisión y tienen enfrente «bloques de pisos, moles de cemento con agujeros donde se meten esos desgraciados a comer sus tristes lentejas», como dice la protagonista, interpelada por una periodista invisible que graba tan peculiar entrevista y luego la hace llegar a la redacción del periódico en el que supuestamente trabaja la autora de la novela, encargada en esta ficción de mecanografiar lo oído. «Todo esto nace de la rabia, de un tremendo enfado vital con el mundo, con una sociedad que se pretende limpia y las gentes de la cultura que apoyan dictaduras y luego, cuando la cosa se acaba, se alegran de que lo haya hecho y ya nadie recuerda lo que fueron y conservan sus sillones en la academia», asegura la periodista. Con el Nocturno en Chile, La fiesta del Chivo y Galíndez en la mesita de noche, Cristina Fallarás explora el universo literario de la tortura consciente de que es, en parte, una obsesión. «Me fascina. Es la actividad humana más incomprensible. ¿Cómo puede entrar un torturador a la sala de tortura pregúntandole a otro cómo se encuentra su mujer si tienen a un tío allí preparado para la tortura? No puedo entenderlo», dice la escritora y periodista. La protagonista es a la vez testigo y «paciente» del lado oscuro de sus admirados amigos. «Es capaz de lo peor con tal de convertirse en algo grande, con tal de dejar de ser el ser marginal que había sido hasta ese momento, ¿y es legítimo lo que hace? En ese momento y para ella, lo es. Como lo era para la sociedad de entonces permitir que existiera una Escuela de Torturas», dice Fallarás, que se distancia, lo justo, del género negro con que dio el pistoletazo de salida su carrera literaria cuando publicó No acaba la noche. «Que quede claro que no es una novela histórica, la novela histórica me aburre soberanamente», dice. Es sólo una novela de alguien que está «muy enfadada».
Barcelona
Jovencita que se siente bicho raro busca lugar aséptico donde la realidad sea paralela y donde nadie se atreva a tocar su silla de ver la tele. Corren los años 70, el franquismo agoniza y sus ex amigos ricos, los que habían convertido su vida en un cóctel sin fin, vuelan de vuelta a Sudamérica. «Y ella está tan enfadada que sólo quiere que la encierren», dice Cristina Fallarás, autora de Así murió el poeta Guadalupe (Alianza), la historia de esa jovencita que se vio de repente desterrada a un mundo en el que nunca encajó -demasiados prejuicios- y en el que, sin embargo, existía y escupía profesionales sin escrúpulos, una Escuela de Torturas.
«Lo que ocurre no es real pero es probable», dice Fallarás, que escucha, como el lector, en la novela, la voz de esta peculiar outsider que se hizo recluir en un psiquiátrico tras vislumbrar el fin de la fiesta infinita en que el empresario de dudosa moral Max Santabárbara había convertido su existencia. «La suya y la de todos los poetas, cineastas y gente de la cultura en general que se dejó llevar por Max y los suyos, sudamericanos que vieron en el fin del franquismo una manera de hacer dinero y que llegaron con sus promesas y sus fiestas y su nueva visión de la cultura y acabaron conquistando a buena parte de creadores expertos en mirar hacia otro lado», explica la periodista. «Como el resto de la sociedad, que es experta en mirar hacia otro lado cuando algo no le gusta», dice Fallarás.
Y eso incluye la tortura. «La tortura no sería posible sin la complicidad de la sociedad», sentencia. La tortura es uno de los objetos a analizar de la novela, que explora el sentido de la identidad a través de la historia de la protagonista. «No somos lo que creemos ser sino lo que los otros creen que somos. La mirada del otro nos convierte en otra persona. La protagonista lo sabe y no quiere volver a ser la persona que era antes de salir con el embajador y moverse en el entorno de Santabárbara, por eso decide encerrarse y convertirse en espectadora de la realidad», explica la escritora.
Cuando arranca la novela, la protagonista ronda los 60 y ha pasado más de media vida encerrada. Pero cree saber todo lo que necesita sobre el mundo porque ve la televisión y tienen enfrente «bloques de pisos, moles de cemento con agujeros donde se meten esos desgraciados a comer sus tristes lentejas», como dice la protagonista, interpelada por una periodista invisible que graba tan peculiar entrevista y luego la hace llegar a la redacción del periódico en el que supuestamente trabaja la autora de la novela, encargada en esta ficción de mecanografiar lo oído. «Todo esto nace de la rabia, de un tremendo enfado vital con el mundo, con una sociedad que se pretende limpia y las gentes de la cultura que apoyan dictaduras y luego, cuando la cosa se acaba, se alegran de que lo haya hecho y ya nadie recuerda lo que fueron y conservan sus sillones en la academia», asegura la periodista.
Con el Nocturno en Chile, La fiesta del Chivo y Galíndez en la mesita de noche, Cristina Fallarás explora el universo literario de la tortura consciente de que es, en parte, una obsesión. «Me fascina. Es la actividad humana más incomprensible. ¿Cómo puede entrar un torturador a la sala de tortura pregúntandole a otro cómo se encuentra su mujer si tienen a un tío allí preparado para la tortura? No puedo entenderlo», dice la escritora y periodista.
La protagonista es a la vez testigo y «paciente» del lado oscuro de sus admirados amigos. «Es capaz de lo peor con tal de convertirse en algo grande, con tal de dejar de ser el ser marginal que había sido hasta ese momento, ¿y es legítimo lo que hace? En ese momento y para ella, lo es. Como lo era para la sociedad de entonces permitir que existiera una Escuela de Torturas», dice Fallarás, que se distancia, lo justo, del género negro con que dio el pistoletazo de salida su carrera literaria cuando publicó No acaba la noche. «Que quede claro que no es una novela histórica, la novela histórica me aburre soberanamente», dice. Es sólo una novela de alguien que está «muy enfadada».
No tengo la página de papel ni el pedf, seguiré intentándolo. Besos, ST
Mire qué casualidad, señora Fallarás, en el periódico que dignificó usted ayer (y ya van dos: primero La Vanguardia y después El Mundo) salía el directo del mismo diciendo que, ante todo, los periodistas debían ser buenos, de buenas personas, digo. O sea, como su colega.
El mismo papel sacaba los siguientes titulares en portada:
* "La mayoría cree que el Rey debe seguir hasta que se muera"
* "Según un juego de CiU, sólo el catalán y el Aranés son oficiales en Cataluña"
* "Motín 'ciudadano' contra Albert Rivera"
amén de noticias sobre a quién se follan o no Berlusconi o Fonsi nieto y asuntos de una herencia de pijos.
Yo, líbreme Dios, de las cosas del periodismo y el marketing no entiendo pero tengo la impresión que si el medio donde no voy a leer tamañas gilipolleces es digital o no, es irrelevante.
Salud.
P.S. Por supuesto, si abre usted un periódico, me suscribo ipso facto
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