10 de noviembre de 2009

nocturno satisfactorio



Me jugaba mucho. Sabía que era mi última oportunidad. Al Hombre no le gustaba la poesía. Creo que era una toma de identidad. Creo.
El caso es que aquella noche, por tercera noche consecutiva, al irnos a la cama le dije Te voy a leer un poema. Las dos noches anteriores, la prueba había resultado un desastre. El hombre prefería la batalla, sus recuerdos explosivos, la sangre, cierta idea de masculinidad.

Abrí el libro y empecé a leer ante su desinterés, un poco manifiesto y un poco impostado:

Vamos, tú y yo,
a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo
cual un paciente adormecido sobre la mesa por el éter:
vamos a través de ciertas calles semisolitarias,
refugios bulliciosos
de noches de desvelo en hoteluchos para pernoctar
y de mesones con el piso cubierto de aserrín y conchas de ostra,
calles que acechan cual debate tedioso
de intención insidiosa
que desemboca en un interrogante abrumador...
Ay, no preguntes: «¿De qué me hablas?»
Vamos más bien a realizar nuestra visita.

En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están hablando.


La neblina amarilla que se rasca la espalda sobre las ventanas,
el humo amarillo que frota el hocico sobre las ventanas,
lamió con su lengua las esquinas del ocaso,
se deslizó por la terraza, pegó un salto repentino,
y viendo que era una tarde lánguida de octubre,
dio una vuelta a la casa y se acostó a dormir.


Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para el humo amarillo que se arrastra por las calles
rascándose sobre las ventanas.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preparar un rostro que afronte los rostros que enfrentamos.
Ya habrá tiempo para matar, para crear,
y tiempo para todas las obras y los días de nuestras manos
que elevan las preguntas y las dejan caer sobre tu plato;
tiempo para ti y tiempo para mí,
tiempo bastante aun para mil indecisiones,
y para mil visiones y otras tantas revisiones,
antes de la hora de compartir el pan tostado y el té.


En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están hablando.

Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo acaso? ¿Me atreveré?
Tiempo para dar la vuelta y bajar por la escalera
con una coronilla calva en medio de mi cabellera.
Ellos dirán: «¡Ay, cómo el pelo se le está cayendo!»
Mi sacoleva, el cuello que apoya firmemente mi barbilla,
mi corbata, opulenta aunque modesta y bien asegurada
por un sencillo prendedor.


Ellos dirán: «¡Ay, cuán flacos tiene los brazos y las piernas!
¿Me aventuro yo acaso a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo suficiente
para decisiones y revisiones que un minuto rectifica.



Y paré ahí un momento, aunque el poema seguía. Paré pensando aquí están todos los cercanos, Jaime Gil de Biedma y Vázquez Montalbán, ese tipo de bestias.
¿Te está gustando?, le pregunté.
¿Sabes que sí?, me respondió con sorpresa.
Entonces me di la vuelta y me quedé dormida.

7 comentarios:

Errea dijo...

La poesía es usted, señora. ¿Cómo la dejan quedarse dormida?

Anónimo dijo...

Pisos cubiertos de conchas de ostra sólo los encuentras en España.

K.K.

Anónimo dijo...

Pues no, KK, son bretones.

Anónimo dijo...

Tanto lio pa'dormir.
Abrazos R.

Chulapunk dijo...

A veces, quien menos te lo esperas puede hacer poesía de dos cosas totalmente distintas:

http://www.youtube.com/watch?v=mWNukcSK060

¡Que no quede sólo en palabras!

www.zarzuelapunk.es

Ernesto Rodera dijo...

Abril puede que sea el mes más cruel. Pero queda mucho. Todavía hay que atravesar toda la Navidad.

mon amour dijo...

tercera noche consecutiva? ensañamiento y sado con fusta de seda... zis zas ¿te está gustando? Con el peligro que tiene la lírica.