
Ah, a propósito de Sant Jordi, les debo un cuento.
Allá va. ¿Y van...?
LOCA
Me dijo qué has hecho, desgraciada, qué cojones has hecho. Tienes que ir al médico, ¿dónde está la policía? Antes tienes que ir al hospital. Pero yo estaba tan agotada que sólo quería tumbarme en el sillón, frente a la tele, para siempre.
Había estado pensando otra vez en el colegio, más bien en el regreso del colegio a casa, y no conseguía recordar absolutamente nada. Vagamente rescataba imágenes de las aulas y de las monjas, que no eran inventadas pero tampoco reales. Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Plástica y Pretecnología, Inglés, los vestuarios del gimnasio grande, sin duchas. La vuelta del despacho había sido lenta, por la lluvia. El taxi avanzaba por la avenida sin ni siquiera apretar el acelerador. Cada tantos minutos, unos poco metros. Daba igual, nadie esperaba en casa, no quedaba ningún hombre. Ni llamadas.
Las niñas hacían colecciones de cosas. De cromos, de tabas, de fotos, de gomas. Yo no recuerdo haber coleccionado nunca nada. Tampoco fantaseaba con futuras profesiones, casi ninguna lo hacía, sólo aquellas cuyo padre era muy evidentemente médico o arquitecto o político. Ésas sabían nombrar las profesiones y tenían una vaga mentira de vocación. Yo tenía la certeza de ser la mejor, la más brillante, mi madre lo decía y también las monjas. ¿Por qué no iba a creerlo? Un hombre bueno, como tu padre, y cabal, un buen trabajo y largos paseos por avenidas cálidas. Porque eres buena. Y yo era buena.
Las ciudades donde nunca llueve son un martirio. La lluvia lo detiene todo y estaba agotada. Ganándome la vida. Agotada de ganarme la vida. Tampoco sabía nombrar mi profesión. A esas alturas.
Tengo la sensación de que aquella tarde me costó días llegar a casa. Y todo el rato me dio por pensar en los no recuerdos que tenía del Sagrado Corazón. Y en la vuelta a casa, irrescatable. Yo tenía casa, una casa grande en el centro, mis padres eran guapos, todavía los son, y elegantes, y mis dos hermanos también, y los amigos de mis dos hermanos. Todos me adoraban, no solía acordarme, qué dulce, qué lista, ésta va para reina. Al llegar, a veces olía a magdalenas recién hechas y en el cuarto de estudiar, al aroma que desprende la madera del lápiz al sacarle punta. Todo eso lo sé y no lo recuerdo. Sólo lo sé. ¿Qué fue de todo eso? Las tatas oían la radio en el cuarto de la plancha, de una fragancia inmaculada. No pude recordar nada de todo esto en el interminable trayecto.
Luego sucedió lo que sucedió, lo sé porque me lo han contado. En mi cabeza, evidentemente estropeada, pequeña puta, las cosas son diferentes, ocurren de otra manera.
La asistenta me abrió la puerta de casa. A ella le pareció que yo llegaba temprano, porque acostumbraba a retrasar mi vuelta, un regreso sin llamadas telefónicas. Aquel día llegué, como siempre, envuelta en mis remiendos borrosos. Sí, la reina bebe, reina ha puesto el culo, más allá del umbral de la vergüenza, ante las vergas de cien mil bestias.
Me estaba desnudando, y justo en el momento en que la falda caía al suelo, oí un ruido suave, como el frotar de una tela sobre el parqué, pero no era el de mi ropa, venía de más allá de la puerta. La asistenta se había marchado hacía unos minutos y la lluvia seguía cayendo. Quería ducharme. Los recuerdos escolares dejan el ánimo flotante, no encontraba reposo, ni a mí me encontraba entre las compañeras. Que no me miren, pensaba luego, que no me las encuentre. Otro cambio de casa, de ciudad. En el colegio no había duchas y el recuerdo me llenó de tristeza y de asco. Pensé que me iba a llegar el olor a goma y sudor inocente de los colegios, espeso y agresivo, que estaba a punto de alcanzarme. Mi padre había dicho cómo te atreves, cómo has podido decir eso, pequeña mentirosa, y dijo borracha, dijo fulana. Y mi madre eras tan buena, hija, eras tan lista, ¿qué te está pasando? ¿Qué te hemos hecho para que te portes así?
Aquellas profesoras que nos infundían tanto respeto de repente eran todas solteronas castrenses, lesbianas célibes, tristes esposas mates a medio depilar. Las niñas inventan tantas cosas, no le hagan caso, la adolescencia es una etapa muy dura, con muchos trastornos hormonales. Confunden la realidad con la imaginación. Con el deseo, querían decir. Con el deseo, pensaban lúbricas.
Podía recordar el brillo graso de la piel de aquellas brujas a ambos lados de la nariz mientras iba hacia el baño. Entonces lo vi y me quedé paralizada en mitad del pasillo, todos los interruptores me quedaban lejos. La luz del cuarto del fondo estaba encendida y de ella salía el inconfundible sonido de las páginas del libro al pasar.
Primero, una gran pereza, ¿alguien vive como nosotros vivíamos entonces? ¿existe un mundo paralelo donde las tatas hacen magdalenas? ¿por qué no logro recordarlo? Luego, puro terror. El corazón puede salírsete del pecho por la boca, o por los oídos y dejarte sorda. Aquella niña hablaba, movía los labios, pero no me llegaba ningún sonido. Estaba parada en el quicio de la puerta, a contraluz, y no podía ver claramente sus facciones, tan familiares. Grité, todavía con un aire colegial en torno. Yo grité con todas mis fuerzas, hasta alejar el corazón de los oídos, y ella chilló más agudo, con sonido de infancia, y comenzó a llorar estruendosamente sin moverse de su situación. Las sacudidas del cuerpecito en llanto pueden con todos los miedos y después, su abrazo desamparado y el desespero.
¿Quién es esta criatura?, pensaba con aprensión. ¿De dónde ha salido esta niña y por qué me resulta tan familiar? A duras penas reconocía el pasillo. Ésta tiene que ser mi casa. Pero ¿qué casa? Acumulamos tantas residencias, decía sin soltarme, que bien podría estar en el pasado, o haber soñado todo lo que soy, todo lo que pasó, ser esta misma niña, tan buena, tan lista, una reina, soñar incluso que me abraza y llora y me llama mamá para que yo recuerde que sí que tuve una casa y entonces las cosas sucedían suavemente, tiesas de almidón y lavanda.
Luego, nada más.
Luego, aquel hombre, el último, arrodillado junto al pequeño cuerpo gritándome qué has hecho, desgraciada, qué cojones has hecho, y empeñado que yo fuera al médico.